25 ago. 2009

"Sea breve, hoy no se siente bien", me sugirieron

Me recibió un colaborador. Era joven, robusto, vestía de blanco. Me dijo que pasara, que el doctor me estaba esperando. Me indicó el camino, y me escoltó hasta el cuarto de mi entrevistado. Antes de dejarme solo con él, hizo una advertencia:

-Sea breve, hoy no se siente bien -dijo y cerró la puerta con minucioso cuidado.

El cuarto quedó a oscuras. Me quedé quieto, tan quieto que logré escuchar una respiración agitada del otro lado de lo que suponía era un escritorio. Iba a avanzar a tientas, cuando golpearon la puerta y yo quedé congelado del susto.

-Permiso y perdón -se escuchó del otro lado de la puerta, que ahora empezaba a abrirse-. Olvidé encender la luz -agregó el colaborador que vestía de blanco. Enseguida se fue.

Yo había quedado de espaldas al escritorio y de frente a la puerta. Ahora la habitación estaba iluminada. Volví a quedarme quieto y pude reconocer la respiración detrás mio. Conté hasta tres y giré. Cuando estuve frente al escritorio, cara a cara con mi entrevistado, grité, grité fuerte:

-¡Ahhh!

Carlos Menem se asustó. No gritó, pero pude ver que su cara estaba tensa y se tapaba con la sábada hasta el mentón.

-Bueno, bueno. Calmese. ¿Está mejor? Era una broma, un chiste para descontracturar la entrevista -le aclaré.
-No es nada querido -me dijo amigablemente.

Me extranó que el ex presidente me recibiera en cama. Pero más me extrañó el hecho de que la cama estuviera ubicada detrás de su escritorio.

-¿Por qué está en cama? -pregunté.
-Trabajo día y noche, querido -me mintió.

No había venido a entrevistar a Menem con la idea de que me dijera la verdad. Eso era poco probable y también incomprobable. Cuando pensaba eso recordé que tenía que ser breve, como me lo había pedido el colaborador que vestía de blanco.

-Voy a ser directo: ¿Usted realmente quiere ser presidente en 2011?

Carlos sonrió, sonrió con holgura. Pero le duró poco. Su rostro empezó a tensarse, su sonrisa mutó a un gesto de dolor o esfuerzo, su rostro se sonrojó. Pero de pronto toda esa mueca se descomprimió. Menem respiró profundo, como aliviado. No me había dado cuenta de nada, ni del olor, hasta que volvió a entrar el colaborador que vestía de blanco.

-Va a tener que irse. El doctor no va a poder seguir conversando con usted. Está muy agotado. ¿Lo acompaño hasta la puerta?